Luces imborrables

¿Qué hace que una imagen, una fragancia o un sonido se impregne en tu mente? ¿Con qué combinación fantástica se entrelazan las vidas de las personas, cuales hilos luminosos, para generar un resplandor?
Pero, sobre todo, ¿cuántas de estas luces pueden iluminar cuales faros imborrables cada paso de tu vida? Un camino dibujado, de esos que si volteamos a lo lejos podemos verlo serpenteando entre los escondites de nuestras verdades.
En mi caso, solo bastó un lápiz y un sentimiento. Ángeles que utilizando carboncillo iluminaron mi vida y lograron tocarme en lo mas preciado e importante de mi. Divinas apariciones que supieron decifrarme para dejar una caricia en el alma y se fueron no sin antes dejar una luz en aquella idea que alguien pondría en palabras una tarde luego de un café y una lágrima.
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Cerca de aquel parque que aún suelo frecuentar, empecé a ir todas las tardes a estudiar inglés. Fueron casi 4 años los que pase no solo aprendiendo un idioma. El instituto era más que una de esas casas pintorescas remodeladas para la enseñanza. Tenía dos pisos, pero era sumamente extensa. Alrededor de 20 salones conversaban entre ellos acompañados por un parque interno, comedor y oficinas, todas con un aire acogedor. Lo cierto es que era casi como estar en una segunda casa. Disfrutaba estar ahí, no lo sentía como una extensión de mis clases. Al contrario, era como un escape a la ya conocida rutina semanal de los salones escolares y profesores repetitivos. Una oportunidad para conocer nuevas personas cada mes y abrir puertas no solo de salones desconocidos y únicos sino también de historias inesperadas.
Fue en uno de estos primeros ciclos que conocí a la primera chica que dejaría un recuerdo en mi vida. Aún logro esbozarla en mi mente. Era del tipo de chicas difíciles de olvidar. Su cabello almendrado era acompañado por una mirada dulce, animada y cenicienta. Nos distanciaba un año de edad pero era como si nos conociéramos de siempre. Solíamos llegar 15 minutos antes y ella estaba ahí esperando para conversar de lo mas cosas mas tontas pero a la vez tan divertidas que puede tener una vida simple como las nuestras.
Llego el último día del ciclo y ella sutil pero segura tomó mi libro en plena clase. Abrió la cubierta y cogió un lápiz de esos amarillos con un adorno gracioso alrededor. Empezó a escribir mientras una sonrisa también se dibujaba en su rostro procurando que no pudiera ver nada. Luego de un par de minutos me devolvió el libro cerrado, pero al querer yo abrirlo me dijo:
No lo leas aún. Espera que salgamos.
Yo sonreí y asentí. No estaba acostumbrado a tal complicidad, pero me gustaba. La clase acabo con el profesor contando su ya conocida broma y risas iban llenando el salón al mismo tiempo que lo vaciaban. Fue al llegar fuera del instituto que en un momento conversando ella toma mi mano y me dice con una seriedad súbita mientras su mirada alegre se congelaba por un breve instante:
Tengo que contarte algo. Me voy a estudiar a Estados Unidos. Creo que no volveremos a vernos.
No tuve tiempo para asimilar el reciente anuncio cuando de repente un auto se detiene a pocos metros de nosotros. Ella me dio un beso en la mejilla y subió rápidamente a él para luego asomar el rostro por la ventana y gritar:
Ya puedes leerlo!
Mientras el auto se alejaba abrí el libro y leí el mensaje. Estoy seguro que cualquier rostro que pudiera haber tenido hasta ese momento fue borrado por una nueva sonrisa que no vendría sola. Una luz se encendería desde ese momento en mi. El libro me acompañaría una par de meses más, pero aquella luz se convertiría en una estrella que buscaría cada noche mientras caminara el resto de mi historia.



